La educación del corazón

Andrés Recio
Dicen que el que guarda halla. Les contaré una pequeña historia que vivía adormecida. Hace casi veinte años inauguraron la biblioteca municipal de mi pueblo, el nombre elegido para el recinto fue "Biblioteca Pública Federico García Lorca". Se procedió aquel día desempolvando toda la maquinaria propia de los actos más solemnes: paseíllo desde las Casas Consistoriales, alcaldesa y ediles componiendo la comitiva, caminando erguidos, campaneándose y encantados de haberse conocido, y, detrás, al paso solemne requerido, parte del pueblo llano acompañando la efeméride. Luego, lo típico: lectura de algún manifiesto en el lugar, beneplácitos, parabienes, descubrimiento de una placa y, entre vítores y aplausos, quedó inaugurado el centro cultural. Y es durante la lectura de uno de los panegíricos cuando uno de los concejales suelta por lo bajini la frase recurrente del día: "No habría nombres que le han tenido que poner el de un maricón". Lorca anduvo enamorado de Dalí mientras Buñuel lo llevaba por los antros madrileños presentándole mujeres para convencerle de que no era homosexual; pero sí, lo era. Y quizá por serlo en aquellos años convulsos que le tocaron vivir tuvieron cabida en sus obras todos los marginados posibles: gitanos, judíos, negros, homosexuales, niños abandonados, mujeres oprimidas... Lorca era un poeta popular en el sentido más profundo del término, él sentía al pueblo en las entrañas y allí le palpitaba incesantemente. Por eso fue él quien sacó el teatro del ámbito urbano y burgués y lo llevó a los pueblos, a la gente llana, a la que acercó por primera vez en sus vidas los dramas clásicos. De él dijo Jorge Guillén: "Cuando Lorca leía sus versos se transfiguraba, su capacidad de seducción era total hasta el punto de que con él no hacía ni frío ni calor: hacía Federico". Su asesinato conmovió al mundo y su amigo Luis Cernuda escribió sobre él un párrafo definitivo: "Siglos habían sido necesarios para infiltrar en un alma la eterna esencia del lirismo español, su fuego eterno, al fin ese fuego eterno oculto se hizo luz y brilló".

Él fue todo lo anteriormente esbozado por sus compañeros de generación, y además fue un espíritu libre que caminaba derramando un duende que brotaba "de las últimas habitaciones de la sangre". Lorca era un alma de su tierra cuyo nombre ondea en un edificio de mi pueblo, coronando la entrada de una biblioteca: la casa de los libros, del pensamiento, de la cultura. Lorca podría haber sido ganador de algún premio Nobel, de algún Cervantes, de algún Príncipe de Asturias..., sin despeinarse. Él rechaza el teatro convencional, quiere abrir las puertas de la escena a lo que sucede velado, oculto en los adentros: "este es un teatro para decir mi verdad de hombre de sangre", diría. Lorca demostró en sus obras que, aparte de Virginia Woolf, nadie abanderó con tanto ahínco y vehemencia los derechos de la mujer (¿les suena?) y denunció su trágica realidad en los pueblos de España: lo hizo en "Yerma", en "Bodas de sangre", en "La casa de Bernarda Alba". Su único fin era desenmascarar la hipocresía, despojarla de sus ropajes aparienciales, y así lo aclara cuando escribe su drama "El público": "Este teatro se muestra por medio de un ejemplo, ya que si se hubiese levantado el telón con la verdad original por delante se habrían manchado de sangre las butacas desde las primeras escenas". ¡Cómo conocía a su paisanaje! Todavía hoy las butacas permanecen manchadas: ese es el drama, la burda inquina, la ignorancia autocomplaciente que no cesa. España tiene en su genoma algo atávico que siempre nos llama. Por eso, en el siglo XXI, un concejal, de izquierdas, educado en una democracia de escuelas y de libros, de inmensas autopistas, de restaurantes de cinco tenedores, de repente siente lo atávico y descerraja entre los ojos y la memoria de lo mejor de nuestro pasado un fogonazo que le sale de un alma cavernaria. Y entonces no puede dejar de decir "maricón" como un insulto ignominioso que tapa toda la belleza, todo lo humano, toda la inmensa verdad de un hombre. Pero lo triste no fue que el concejal (con su coro de palmeros) revocara el nombre de Lorca por "maricón", que lo repudiara con inquina por su condición sexual, lo penoso es que era fácil intuir que era eso lo único que sabía del poeta granadino. Así no es difícil entender qué nos trajo hasta donde estamos hoy.

Dice Antonio Escohotado que vivimos en un tiempo de tremenda libertad acompañada de una más tremenda vulgaridad. Hace tiempo leí en algún lugar que el problema de la corrupción a todos los niveles no se arregla con cultura genéricamente, sino con la educación del corazón. Es cierto. Y eso pretendió ser Lorca precisamente, un educador de corazones, el provinciano cósmico, el genio de inventiva descomunal que bebía en el mismísimo polvo de estrellas para alimentar su poesía, la fluencia vital del ser andaluz, del ser español, del ser humano. Por eso debiéramos desenterrarle leyéndolo, homenajearle recitándolo, amarle viviendo su trilogía andaluza, representándola, inoculándola en las nuevas generaciones. Cuando sepamos hacer eso, explicarlo en las escuelas, sin subterfugios, sin costras psicológicas ni barreras ideológicas, en su esencia pura, entonces, empezaremos a ganar batallas, comenzaremos a educar a muchos más corazones armándolos contra la vulgaridad; acercándolos, un poco más, a la verdadera libertad.

*Artículo dedicado a la memoria del gran amigo don Antonio Macho Ramírez, como Lorca, infatigable educador de corazones. Hasta siempre, Señor.

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